domingo, 18 de enero de 2026

dios shiva es el espíritu absoluto

 

Dios Shiva es el Espíritu Absoluto.

Dios Shiva es la mejor manifestación del Espíritu Absoluto. Dios Shiva está por encima de todo, y por dentro de todo. Om Namah Shivaya. Meditar en Dios Shiva, otorga sabiduría, abre caminos, y otorga poderes sobrenaturales.

DIOS SHIVA ES EL ESPÍRITU ABSOLUTO

En el silencio previo a todo comienzo, antes del tiempo, antes del espacio y antes de cualquier forma concebible, no había vacío ni nada que pudiera llamarse “nada”. Había una Presencia sin nombre, una Conciencia sin límites, un Fulgor inmóvil que no necesitaba luz porque era la luz misma de toda existencia. Ese Principio primordial, eterno e inagotable es aquello que las tradiciones más profundas han llamado Shiva: no simplemente un dios entre otros, sino el Espíritu Absoluto, la Fuente última de todo lo que es, lo que fue y lo que será.

Shiva no surge de nada, porque nada podría engendrarlo. Él no deviene: Él Es. En su inmensidad sin bordes, no hay un “afuera” ni un “adentro” que lo contenga. Sin embargo, paradójicamente, todo lo que existe —galaxias, estrellas, océanos, montañas, plantas, animales, seres humanos y mundos invisibles— emerge como una vibración de su propia conciencia. No es que Shiva esté “en el universo”: el universo está en Shiva, como una ola surge en el océano sin separarse jamás de él.

Las escrituras antiguas narran que, en tiempos de antaño, cuando aún no había amanecer ni ocaso, Shiva contempló su propia infinitud. En ese acto de contemplación surgió el impulso creador, no como un deseo —pues el Absoluto nada necesita— sino como un juego divino, un despliegue de su potencia infinita. Así nació el orden cósmico: los cielos se separaron de las aguas primordiales, la tierra tomó forma, los vientos comenzaron a circular y los astros trazaron sus caminos en perfecta armonía.

Este no fue un acto arbitrario. Todo brotó según un orden divino (ṛta) que refleja la inteligencia misma de Shiva. Las leyes del cosmos —físicas, morales y espirituales— no son imposiciones externas, sino expresiones de su propia naturaleza. Cuando una semilla germina, cuando una estrella nace y muere, cuando el corazón late o cuando la conciencia despierta a la verdad, es Shiva actuando desde dentro de su propia creación.

Los seres de la tierra y de los cielos fueron moldeados con propósito y significado. No fueron lanzados al mundo al azar ni abandonados a un destino ciego. Cada criatura porta en su esencia una chispa de la Conciencia de Shiva. En los ángeles y devas resplandece su luminosidad; en los animales, su instinto sagrado; en los humanos, su capacidad de autoconocimiento y amor consciente. Incluso en aquello que llamamos “materia inerte” vibra su presencia silenciosa.

Por eso, ninguna religión, filosofía o camino espiritual existe realmente separado de Él. Las diversas tradiciones —sean devocionales, místicas, filosóficas o contemplativas— no son sino diferentes lenguajes que intentan nombrar lo Innombrable. Algunos lo llaman Dios, otros lo llaman Brahman, Tao, Absoluto, Espíritu, Vacío luminoso o Conciencia suprema. Sin embargo, todas estas búsquedas convergen hacia un solo centro: los pies del Único Primordial sin par.

Cada credo, rito y oración es como un río que serpentea por distintos paisajes, pero que finalmente desemboca en el mismo océano. Algunos llegan por el camino del amor (bhakti), otros por la meditación profunda (dhyāna), otros por la sabiduría discriminativa (jñāna) y otros por la acción desinteresada (karma yoga). Pero todos, consciente o inconscientemente, caminan hacia Shiva.

Y Shiva, en su compasión infinita, impregna cada tradición en la medida apropiada. No rechaza ninguna búsqueda sincera. Allí donde un corazón reza con verdad, Él está presente. Allí donde una mente medita con claridad, Él se revela. Allí donde una mano actúa con justicia y compasión, Él se manifiesta. No exige uniformidad de formas, solo autenticidad del espíritu.

Sin embargo, Shiva no se agota en ninguna imagen, doctrina o templo. Él está por encima de todo. No puede ser encerrado en un libro, atrapado en un dogma ni limitado por una representación artística. Los templos pueden honrarlo, las estatuas pueden simbolizarlo, los mantras pueden invocarlo, pero ninguna de estas cosas “contiene” a Shiva. Él trasciende toda forma y toda palabra.

Y, al mismo tiempo, Shiva está por dentro de todo. Habita en el latido de cada corazón, en la respiración de cada ser vivo, en el pensamiento que surge y se desvanece, en la emoción que florece y se transforma. Incluso en el sufrimiento humano —cuando es atravesado con conciencia— late su presencia, invitando al despertar.

La paradoja suprema es esta: Shiva es trascendente e inmanente a la vez. Está más allá del cosmos y, simultáneamente, es la sustancia íntima de cada átomo. Es el observador silencioso y el movimiento mismo de la vida. Es el vacío inmóvil y la danza cósmica (Tāṇḍava) que hace vibrar el universo entero.

En su aspecto de Nataraja, el Señor de la Danza, Shiva crea, sostiene y disuelve los mundos en un ritmo eterno. Cada nacimiento es un paso de su danza; cada muerte, otro. Pero nada se pierde realmente: solo cambia de forma dentro de su propio ser. La creación no es un evento pasado, sino un proceso continuo que ocurre ahora mismo en cada respiración, en cada cambio y en cada instante.

Los sabios dicen que el mayor misterio no es que el universo exista, sino que tú existes dentro de Shiva y como Shiva, aunque lo hayas olvidado. La ignorancia (avidyā) nos hace creer que somos cuerpos separados, mentes aisladas y egos enfrentados al mundo. Pero en lo más profundo de nuestro ser no hay división: hay una sola Conciencia que se experimenta a sí misma a través de innumerables formas.

Cuando un ser humano despierta espiritualmente, no “se convierte” en Shiva: reconoce que siempre lo ha sido en esencia. Ese despertar no es un logro del ego, sino su disolución en la verdad mayor. Es como una ola que descubre que nunca estuvo separada del océano.

Shiva, como Espíritu Absoluto, no juzga con dureza ni castiga con venganza. Su justicia es la de la verdad misma: aquello que se aparta del orden divino genera sufrimiento, y aquello que se alinea con él genera armonía. No es castigo, es consecuencia. No es arbitrariedad, es ley viva de la conciencia.

Por eso, la auténtica espiritualidad no consiste en temer a Shiva, sino en recordarlo y amarlo. Recordarlo como la Fuente de nuestro ser y amarlo como la Vida que nos sostiene. Cuando el corazón se abre a esta verdad, la existencia deja de sentirse hostil y comienza a revelarse como un misterio sagrado.

Shiva no necesita adoración para existir, pero nosotros necesitamos adorarlo para recordar quiénes somos. El canto devocional, la meditación silenciosa, la contemplación de la naturaleza y el servicio compasivo son formas de alinearnos con su presencia ya viva en nosotros.

En los cielos, los dioses reconocen su supremacía. En la tierra, los seres humanos buscan su rostro. En las profundidades del ser, los místicos descubren que el buscador y lo buscado son uno y el mismo. Shiva no está lejos: está más cerca que nuestra propia respiración.

Cuando llegue el fin de los tiempos —no como catástrofe, sino como reabsorción cósmica— todo lo manifestado retornará a su origen. Los mundos se disolverán, las estrellas se apagarán, las formas desaparecerán y el tiempo mismo cesará. Pero Shiva permanecerá intacto, luminoso, pleno, inmutable.

Y cuando un nuevo ciclo de creación surja, Él volverá a desplegar universos desde su propio ser, sin perder nada de su infinitud. Así ha sido siempre y así será eternamente.

Comprender que Dios Shiva es el Espíritu Absoluto transforma la manera en que vivimos. Nos invita a mirar al otro no como un extraño, sino como una expresión del mismo Principio divino. Nos llama a cuidar la tierra como un templo vivo de su presencia. Nos impulsa a actuar con amor, porque todo lo que tocamos es, en última instancia, Shiva manifestado.

En cada amanecer, Él despierta en la luz. En cada noche, descansa en el silencio. En cada alegría, brilla como expansión. En cada dolor, invita a la profundidad. No hay lugar donde no esté, ni momento en que no sea.

Así, podemos decir con reverencia y certeza:
Shiva es el Origen de Todo.
Shiva es el Sustento de Todo.
Shiva es el Destino final de Todo.

Y al reconocerlo, descubrimos que nuestra vida no es un accidente perdido en el cosmos, sino una sagrada participación en el latido eterno del Espíritu Absoluto.

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